Visión dantesca del transporte público en Lima – Por Jaime Bayly

Sé que no tiene auto y que se moviliza en el transporte público, si podemos llamar “transporte público”al caos de las camionetas cochambrosas que recorren como cucarachas la ciudad, llevando pasajeros apiñados, desvencijadas y conducidas por sujetos de aspecto patibulario, y cuyos usuarios, que no saben si se movilizan hacia un lugar o hacia la muerte, debido a la proliferación de estos cacharros no tienen que esperar mucho tiempo en las esquinas (aunque estos adefesios de vehículos altamente tóxicos importados desde algún país oriental con el timón al lado derecho se detienen donde le venga en gana al conductor, sea la esquina o a media cuadra o donde pueda levantar a un pasajero como Hipólito Luna, un pobre diablo que no puede comprar siquiera un enano auto coreano y tiene que confundir sus halitosis con la pestilencia de desconocidos compañeros de viaje). Si yo tuviera mucha suerte, Hipólito Luna moriría en un accidente de tránsito, hacinado en una de esas camionetas que, sumadas, desplegadas por las calles y avenidas de la ciudad parecen los tanques averiados y fragorosos de un ejército invasor.

Jaime Bayly: Morirás mañana – 1 El escritor sale a matar, p. 31

Un comentario en “Visión dantesca del transporte público en Lima – Por Jaime Bayly

  1. Estando en uno de esos vehículos a veces es una suerte morir en el trayecto. El tiempo vivido en uno de ellos se alarga indefinidamente. La salud auditiva es agredida por bocinas que suenan sin que nadie pueda callarlas. Zigzaguean en un tanteo interminable para saber si pueden romper el récord de permanencia mínima dentro de un mismo carril. Y definitivamente lo mejor viene al bajarse; no hay sensación mas abyecta que sentir que el trasto con ruedas parte con rumbo al averno, cuando tienes el pie derecho en el aire y el otro aun en el estribo, habitáculo y hogar nauseabundo de un individuo llamado “cobrador” que se esmera en darte la instrucción única que hará que no te vayas de bruces como producto de la maniobra del desprecio con que el, eufemísticamente llamado, conductor se apura en expelerte a la zona de la calle que se acomode a sus necesidades del caso.

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