Perú: ¿Qué país tenemos? ¿Qué país queremos? Reflexión de Mons. Pedro Barreto

¿Qué país tenemos? ¿Qué país queremos? desde la mirada de Dios yde los pobres. (Derechos humanos y de los pueblos, Medioambiente,Desarrollo económico y humano, Justicia y reconciliación)

Reflexión bíblico-teológica, con referencia al magisterio LA y la dimensiónpolítica de la práctica eclesial, desde la experiencia pastoral (Ayacucho,Huancayo, CEAS).
Mons Pedro Barreto – Arzobispo de Huancayo

El verdadero desarrollo, … es el paso, para cada uno y para todos de condiciones devida menos humanas, a condiciones más humanas” PP 20-21, Pablo VI, 1967
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Ante la realidad del Perú que hemos podido percibir  “con los ojos iluminados por la luz de Jesucristo resucitado podemos y queremos contemplar al Perú de hoy y a cada una de sus personas” (Cfr. Aparecida 18).
Nos preguntamos: ¿Qué país tenemos?. Constatamos la acentuación de lainjusticia en la globalización económica que produce un crecimiento alarmantede la pobreza (Cfr. Puebla, 28; Santo Domingo, 23; Aparecida 60-73). “La vida social se está deteriorando gravemente en muchos países de A.L. por el crecimiento de la violencia… robos asaltos, secuestros, asesinatos…crimen organizado, narcotráfico, grupos paramilitares…” (Aparecida 78)
¿Qué país queremos? desde la mirada de Dios y de los pobres: Como discípulos de Jesús estamos llamados a vivir en comunión con el Padre y con su Hijo muerto y resucitado, “en la comunión en el Espíritu Santo” (2 Cor13,13; Aparecida 155). Respeto a los derechos humanos y de los pueblos, Medioambiente, Desarrollo humano integral, Justicia y reconciliación.
Estos temas son de naturaleza teológica y procederemos siguiendo estos tres pasos:
En el primer paso de mi reflexión afirmo que el cuidado de la “casa común”y la construcción de la paz entre las personas suponen el carácter sagrado de la creación. Y se orienta hacia la voluntad de Dios que crea a la persona humana “a su imagen y semejanza” para que viva en solidaridad, promueva un desarrollo humano integral y construya la paz protegiendo la creación, su “casa común”.
La misión de la iglesia es anunciar a Jesucristo “muerto y resucitado” para la vida y la esperanza de la humanidad. Por eso “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias, de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo los de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 1).
Sin duda el Perú, es rico en humanidad, culturas, religiosidad. Hemos sido bendecidos por Dios creador, con abundantes recursos naturales y una riqueza de pisos ecológicos y de biodiversidad. Y más aún hoy cuando se habla de la estabilidad y crecimiento económico más alto de toda América Latina y que la Bolsa de Valores de Lima es la más rentable del mundo (2010).
Sin embargo el Perú, tiene la estigma de ser un país pobre. La mitad de la población se encuentra en situación de pobreza. La angustia y la desesperación campea en nuestro País. Una inmensa mayoría no es escuchada por las autoridades llamadas a concertar las soluciones justas y viables para los graves problemas que vivimos. Los conflictos sociales, cada vez más crecientes, son en gran parte motivados por lo ambiental (agua, aire y tierra). Por eso “es preciso escuchar la voz de las poblaciones interesadas y tener en cuenta su situación para poder interpretar de manera adecuada sus expectativas”. (Benedicto XVI, Encíclica Caridad en la Verdad, 72).
El sistema económico actual que vive hoy la humanidad considera a la naturaleza como algo desechable que podemos explotar a nuestro antojo y según nuestro interés económico, sin tener en cuenta a los demás.
Sin embargo “los problemas empiezan cuando el ser humano separa de Dios su vocación de dominar la tierra. Quiere ser el dueño absoluto de la creación. Esta explotación “inconsiderada e irresponsable” tiene una larga historia. El aspecto de la conquista y de explotación de los recursos ha llegado a predominar y se extiende amenazando hoy la misma capacidad de acogida de la naturaleza: el ambiente como “recurso” pone en peligro el ambiente como “casa” (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 461-465).
Un elemento esencial de la paz es la armonía entre la persona humana y la creación. Establecer, restablecer y fortalecer la paz es la misión de toda persona de buena voluntad y de todo creyente que desea una sociedad más justa y solidaria. Así lo afirma Juan Pablo II: “Hay una profunda conexión entre la ecología ambiental y la “ecología humana” (Centesimus annus, 1991, Nº 38). Y aún más enfáticamente Benedicto XVI dice:”El modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a sí mismo y viceversa” (Caritasin veritate, 51).
Benedicto XVI nos alienta a un compromiso de acción social de la Iglesia al preguntarse: “¿Cómo permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales?… ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo” (Mensaje para la Jornada mundial de la Paz, 1º de enero 2010, Nº 4).
El segundo paso busca lo peculiar del cuidado de los bienes de la creación y de la construcción de la paz como parte de la misión de los discípulos misioneros de Jesús.
El documento de Aparecida nos trae una novedad eclesiológica. Da un espacio notable para referirse a la persona de Jesucristo y de su encuentro “con  Él”que nos llama a ser sus discípulos y nos envía a continuar hoy su misión en la Iglesia.
Los Obispos en Aparecida son conscientes que la vida humana y el medio ambiente están siempre articulados entre sí (472). Y la mejor forma de respetar la naturaleza es promover una ecología humana abierta a la trascendencia. Porque el Señor entregó el mundo y los recursos naturales para todos, para las generaciones presentes y futuras (126).
Por eso reitera el documento de Aparecida que el cuidado de la creación revierte hacia el cuidado de la sociedad y de cada uno de los creyentes, ya que exige un nuevo modelo de desarrollo social (474 c).
Las consecuencias pastorales para la acción de la Iglesia en el cuidado de la creación están fundamentadas en la estrecha relación entre economía y ecología. Los problemas ecológicos son efectos producidos por los modelos de desarrollo económico que privilegian el lucro y el ilimitado afán por la riqueza particular por encima de la dignidad de la persona humana (473). El precio social del modelo económico vigente está asociado al precio ecológico. Nuestras riquezas naturales sufren una explotación irracional con signos de dilapidación y de muerte (473); la ecología se subordina a la economía (66). La herencia de la naturaleza que hemos recibido para todos en forma gratuita está indefensa ante los poderes económicos y tecnológicos.
Aparecida asigna a los laicos la tarea de ser testigos de Cristo y de los valores del Reino en la esfera de la vida social, económica, política y cultural (212).
Ante los graves problemas ecológicos la misión de la Iglesia deberá proponer de manera adecuada “un efectivo cambio de mentalidad que lleve a adoptar nuevos estilos de vida (Centesimus annus, 1991, Nº 36). También se nos exige una ascesis personal con su raíz en la solidaridad “asumiendo con seriedad la virtud de la pobreza como estilo de vida sobrio para ir al encuentro y ayudar a entender las necesidades de los hermanos que viven en indigencia” (540).
Por tanto es necesario abandonar la lógica del mero consumo y promover formas de producción, agrícola e industrial, que respeten el orden de la creación y satisfagan las necesidades primarias de todos” (Catecismo de la Iglesia Católica, 486-487).
El tercer paso profundiza la tarea de los discípulos misioneros de Jesús en confrontación con las ciencias sociales que explican los mecanismos económicos e intereses políticos detrás de la depredación de la naturaleza y los conflictos sociales. Insistiremos en los criterios de diálogo con las ciencias sociales y el aporte específico de la Doctrina Social de la Iglesia y en especial de la Caritas in Veritate, para conciliar el cuidado de la creación con la construcción de la paz.
El Papa Benedicto XVI, en una audiencia general (Junio 2009), presentó oficialmente su tercera encíclica “Caritas in veritate”, poniendo en relieve que «la caridad en la verdad es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de la persona y de la humanidad. El amor —«caritas»— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz.»
Uno de los aportes más significativos de la Doctrina Social de la Iglesia sobre los derechos humanos es la referencia específica a los deberes correspondientes a cada uno de ellos. Nadie tiene derecho a decir, por ejemplo, que no debe nada a nadie; que todo lo que tiene es “fruto de su esfuerzo y trabajo”. Porque como decimos en la oración de las ofrendas en la Eucaristía: “Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan y este vino, fruto de la tierra y del trabajo de los hombres que recibimos de tu generosidad”…
Por tanto no podemos defender nuestro derecho sin tener en cuenta el deber de cuidar y promover los derechos de los demás. “Los deberes –dice Benedicto XVI- refuerzan los derechos y reclaman que se los defienda y promueva como un compromiso al servicio del bien” (Caritas in Veritate, 43).
Por eso el Papa, en la Caritas in Veritate, precisa tres aspectos fundamentales e interrelacionados de la Doctrina Social de la Iglesia: la persona humana, el desarrollo y la naturaleza.
Sobre la persona humana nos dice el Papa: “Deseo recordar a todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: «Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social»(24)
Y del desarrollo humano afirma:”La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es elverdadero desarrollo” (18). “No basta progresar sólo desde el punto de vista económico y tecnológico. El desarrollo necesita ser ante todo auténtico e integral. El salir del atraso económico, algo en sí mismo positivo, no soluciona la problemática compleja de la promoción del hombre” (n. 23).
Y de nuestro entorno físico nos dice: “En nuestra tierra hay lugar para todos: la familia humana debe encontrar los recursos necesarios para vivir dignamente, con la ayuda de la naturaleza misma, don de Dios a sus hijos, con el tesón del propio trabajo…” (49). Por tanto “la naturaleza está a nuestra disposición no como un ‘montón de desechos esparcidos al azar’, sino como un don del Creador… para que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para ‘guardarla y cultivarla” (48).
Este es el Perú que queremos desde la mirada misericordiosa de Dios y desde elclamor de los pobres.

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