Néstor Roque Solís: ¿POR QUÉ ESCRIBO?

My buena reflexión me envió el Mag. Néstor Roque Solís. Comparto la importancia de la lucha contra la corrupción y las motivaciones de una escritura socialmente compromentida

En varias oportunidades me han preguntado por qué escribo tanto, creo que más bien escribo muy poco para tantos problemas graves en la región y el país. Debo decir que me apasiona escribir y hago todo el esfuerzo de estar al día de los acontecimientos políticos y sociales. Escribo casi un artículo por semana, pero por estos tiempos estoy muy activo en comentarios de actualidad, y por la próxima presentación en el auditórium del Poder Judicial de Huacho, mi sexto libro ensayo que he titulado: Buen Gobierno y Lucha Anticorrupción en el Perú.

No soy un escritor de perderme en las viejas dudas que mortificaron e hicieron pensar que la escritura vale poco como decía Gunter Grass. A mis años de vida no voy a experimentar otras dudas que no sean las necesarias para avanzar en el único camino que siento posible, y que es el de la escritura, esa trinchera a la que llegue, cuando una y otras vías se habían debilitado y llegué a pensar que ya no quedaba ningún lugar para la resistencia. De Guimarães Rosa aprendí que “narrar es resistir”, y desde esa trinchera de la escritura resisto los embates de la mediocridad y la corrupción en la región Lima.

Por eso escribo, por una necesidad de resistir frente al imperio del poder regional, escribo para recuperar los valores del hombre que se llama fraternidad, solidaridad, sentido de justicia. Escribo para resistir a la impostura, al fraude de un modelo social cada día en decadencia, porque no es cierto que la llamada globalización nos acerque y permita que por fin todos los habitantes del planeta se conozcan, entiendan y comprendan.

Comparto plenamente la definición de nuestra época que hace José Saramago: el enfrentamiento entre la globalización y los derechos humanos, y escribo para resistir en nombre de esos derechos sagrados e inalienables, que no pueden ser manejados, administrados o mutilados por políticos y gobernantes corruptos, que cada día, en vez de retroceder, avanzan con paso firme a pesar de leyes y Mesas de Transparencia Nacionales e Internaciones de lucha contra la corrupción.

Escribo porque creo en la fuerza militante de las palabras. Nunca fui ni seré un hombre de convicciones de poca fe, porque lesionaría mis convicciones morales. Siendo Presidente de la Juventud Agraria Católica del Perú (JARC) en el año 1969, cuando solo tenía 20 años — menor de edad de esos tiempos— desde esa escuela, he rescatado la formidable aseveración que dice “primero fue el verbo”, verdad jamás teológica pero sí gramatical, porque la palabra es en sí un acto fundacional y las cosas existen a fuerza de nombrarlas desde cuando nacemos y nos vamos de este mundo.

En el año 1970 participe en la campaña presidencial de la Unidad Popular de Salvador Allende, y después me salve de la dictadura de Pinochet solo por el destino de Dios. Pero escuchaba a los resistentes cantar versos de Paul Eluard: “Escribo tu nombre en las paredes de mi ciudad”, y la libertad existía más allá de la memoria inmediata, más allá del deseo ferviente de recuperarla, más allá del dolor provocado por la certeza de tanta muerte en su nombre. Existía con toda su esplendorosa vigencia porque cada vez que uno la nombraba la inventaba nuevamente.

Escribo por amor a las palabras que amo, y por la obsesión de nombrar las cosas desde una perspectiva ética heredada de una práctica social intensa. Escribo porque tengo memoria y lo cultivo escribiendo sobre los míos, sobre los habitantes de mi región y de mis mundos marginales, sobre mis utopías escarnecidas, sobre mis gloriosos compañeros y compañeras derrotados en mil batallas, y que siguen preparándose para los próximos combates sin miedo a las derrotas.

Escribo porque amo mi idioma y en él reconozco la única patria posible, pues su territorio no conoce límites y su pulso es un constante acto de resistencia. Escribo desde la solitaria trinchera del creador de mundos y, como indicaba Osvaldo Soriano, “desde la responsable satisfacción del que se sabe invitado a habitar en el corazón de las mejores gentes”.
Escribo para enfrentar la aparición de individuos con fallas éticas, la eclosión de un malestar en la cultura, la multiplicación de conflictos sociales y la emergencia de formas de explotación a gran escala. Todos esos elementos son vectores de nuevas formas de alienación y de desigualdad en nuestra sociedad que hay que enfrentar con la pluma y el máuser del computador.

Escribo para no perder el referentes de los jóvenes a la acción, que están experimentando una nueva condición subjetiva cuyas claves nadie posee, tampoco los responsables de su educación. Y resulta ilusorio creer que algunas lecciones de moral a la antigua puedan bastar para atajar los daños morales a las nuevas generaciones.

Escribo por la transparencia en la administración pública, y por eso he aceptado por segunda vez una reelección de parte de la sociedad civil de la provincia de Huaura el cargo de Coordinador de Capacitación y Difusión de la Mesa por la Transparencia y Lucha Anticorrupción del Distrito Judicial de Huaura-Huacho. Por eso comparto con el Presidente de la ODECMA doctor Jaime Llerena su filosofía y su práctica colectiva para enfrentar la corrupción venga de donde venga. Y por eso, también recibo denuncias que buscan mi silencio, el cual sería una sordera cómplice, con lo cual ganaría mucho más plata de lo que gano hoy como consultor. Pero no se trata de dinero, se trata más bien de convicciones y compromiso social por una sociedad mejor para todos.

En mi empresa no aceptamos contratos con porcentajes, cuantos trabajos se pierden por no dar el llamado diez por ciento. No ganamos mucha plata pero trabajamos con dignidad. No somos los inmaculados de la lucha contra la corrupción, como ciudadanos tenemos errores y seguramente faltas que estamos llanos a enmendar, porque uno nunca deja de aprender: uno se está muriendo y está aprendiendo a morir.

Textos, gramáticas y todo un campo de saberes se establecieron para someter al sujeto, es decir para producirlo como tal, para regir sus maneras de trabajar, de hablar, de creer, de pensar, de habitar, de comer, de cantar, de morir, eminentemente diferentes aquí y allá. Y lo que llamamos educación nunca fue otra cosa que lo institucionalmente establecido con vistas al tipo de sometimiento que se quiere inducir para producir sujetos.

La modernidad como espacio nunca deja de cambiar, todo el espacio se vuelve movedizo en la sociedad de la información y el conocimiento. Y la crítica y el repensar son parte relevante de este tipo de sociedad. El mejor maestro, el mejor comunicador es el que hace pensar a sus alumnos y sus lectores. Este último aspecto es evidentemente decisivo en cuanto a la educación: en tanto que institución que interpela y produce sujetos modernos, sólo puede existir como espacio definido por el pensamiento crítico. El sujeto moderno es un sujeto pensante y crítico. Sujeto que no piensa y no critica no existe.

Debemos destacar que esta cultura de la información se acompaña de un nuevo analfabetismo que agobia la transmisión generacional: pensemos en la decadencia de la lectura en las generaciones jóvenes, en el fracaso de la enseñanza que produce cada vez más diplomados, maestrías y doctorados casi analfabetos de compromiso social. Hoy la sociedad casi en ruina en valores, no necesita de jóvenes solo con inteligencia racional, sino también con mucha inteligencia emocional: para no ser una nación con vacío espiritual.

La sociedad liberal que vivimos nos obliga a una reflexión muy amplia. No nos impone solamente la crítica de un sistema económico inicuo, o la comprensión de mecanismos de destrucción de instancias colectivas, sino también una reflexión renovada sobre el individuo.

La condición subjetiva surgida de la modernidad está amenazada. ¿Podemos dejar volatilizarse en una o dos generaciones el espacio crítico, tan arduamente construido en el curso de los siglos precedentes? ¿Cuántos corruptos de la palabra y los hechos quisieran nuestro silencio? Creo que eso no va a suceder todavía por algún tiempo.

Me han censurado en algunos medios papanatas y otros podridos me están llevando al banquillo de los acusados por escribir sobre la corrupción en el Gobierno Regional de Lima. Mientras tanto, andan sueltos el inculpado presidente regional y su compinche que cobra cupos a sus trabajadores y saca plata fácil de la región. No soy el primero de las consecuencias que genera esta lucha contra el flagelo endémico de la humanidad. Por eso digo como Ghandi: “Señor dame la fuerza para decirle sus verdades a los poderosos, Señor dame la fuerza para no mentir a los pobres en el afán de ganarme unos aplausos”.

Por tanto: no concuerdo con el Nobel Alemán Gunter Grass, cuando dice: “¿Para qué sirve la literatura cuando el futuro se nos presenta como una catástrofe anunciada, profetizada por horribles estadísticas? ¿Qué queda para contar, cuando a través de múltiples ejemplos diarios, vemos confirmada y certificada la capacidad de la especie humana para destruirse a sí misma y destruir a todos los seres vivos, de las formas más diversas? El futuro aparece mayormente agotado, o si se prefiere arruinado. No es más que un simple proyecto, que muy probablemente haya que abandonar“.

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